Tokio en dos días

Y cómo moverte en una ciudad tan apretá

Desde luego que lo de ayer no fue normal. Bueno, si que lo fue, tanta caminata al final no puede ser buena para la salud. Es que no puede. Y si encima te alojas en un hotel donde el ascensor es más grande que las habitaciones, cuyas almohadas tienen el grosor de un sandwich mixto y el colchón intenta comerte plegándose sobre ti, pues tienes como resultado otro ataque de insomnio. Pero yo soy más fuerte, y aquí estoy.

La pequeña decepción de Kanazawa

No sé si sería que ya estaba enfermito con tos y algo de fiebre, si he escogido la época menos propicia o si no he investigado bien la ciudad pero lo cierto es que Kanazawa…me la podría haber ahorrado, la verdad. Por dos motivos:

El primero; la zona que llaman «barrio de los samuráis» me pareció excesivamente follaguiris, en el sentido de que era un poco trampa. Yo no conté más de seis o siete casas que «parecían» de época, que se supone que son de los siglos XVI al XIX…pero que me dió la sensación de que era todo muy cáscara, muy reproducción. Muy parque temático. Eran sencillamente unas cuantas calles cruzadas por canales con casas de madera oscura.

En defintiiva, que quizás es una zona que haya que visitar con un guía o intérprete que controle un poco. Además, el entorno me recordaba un montón a cualquier barrio periférico de Londres. Igual de solitario, de gris y de poco llamativo. No sé, puede que vuelva, puede que no.

Lo que si hice también fue pasarme por el mercado de pescados. Aquí se trabaja muchísimo la anguila, teniendo en cuenta que es una ciudad con el mar muy cerca.

Rumbo a Tokio

Tengo que añadir que el hotel APA Kanazawa lo escogí porque estaba justo al lado de la estación, y al estar sólo un día prefería acceso rápido. Pues error. El hotel estaba bien en si, pero sólo deciros que la cabina donde estoy ahora mismo metido es infinítamente más cómoda. No he visto una almohada tan mala en mi vida, ni un pasillo tan estrecho. Menos mal que me ha dado por viajar con maleta de mano, que si llego a traer la grande tengo que elegir entre ella o yo.

En fin, lo que te estaba yo contando. Cojo el Shinkansen hacia Tokio. Es una línea nueva, de hecho la más nueva de todas y se va a alargar hacia Kioto, creando un anillo en el centro de Japón. Voy avanzando en el libro «Los testamentos» de Margaret Atwood, continuación de «El cuento de la criada». VAYA LIBRO. Me tiene endemoniado y aprovecho las horas de tren para leer y estudiar algo de japonés. Quitando a la señora mayor de la casa de Kioto y el trato mínimo en tiendas, sigo sin practicarlo pero es que joder, es muy pronto aún.

Llego al que probablemente sea el segundo lugar más poblado de la tierra si no contamos un sábado de Feria: la estación principal de Tokio. ¿Creéis que en Londres hay gente? ¿O en Nueva York? ¿O viendo salir la borriquita? Venid a Tokio y echadle cojones. Porque esto no es normal, os lo juro. Yo creo que pasan dos o tres veces por delante tuya para que parezcan más o yo que sé. De alguna forma logro dar con mi línea de metro y tiro millas hascia el alojamiento: una chulada futurista en un barrio casi-pijo.

Es todo tan blanquito, tan aséptico, tan limpio y tan jodidamente cómodo comparado con el trastero de ayer por el cual me clavaron 60 euros la noche y éste, más cómodo y apañado sale a 28 por noche, que es agradable y todo. Si no estuviera lloviendo y fuese de dia habría un solazo tremendo aquí, porque es casi todo de cristal por fuera, con varios vanos y patios interiores.

Llego, me acomodo un poco, localizo cada cosa y tiro para la calle. Ya me encuentro mucho mejor, para los que habéis preguntado (gracias, hermosos míos) y me he tapado fuertemente estilo burrito y salgo para Shinjuku. Allí tampoco se cabía, voy avisando.

Shinjuku, el Tokio que tienes en mente.

Si te pregunto «Define Tokio en tres palabras»…¿qué dirías? Probablemente «Sushi, luces, gente» o «Ramen, templo, anime» o algo así, ¿no? Pues aciertas. Y eso es Shinjuku. Su estación es clavadita a la bajada a los infiernos que nos contaba Dante, siete anillos he contado yo hasta dar con la salida. Con alguna, la que fuera. Me he visto ahí dentro más perdido que Paco Martinez Soria en un Carrefour. Y mira que ya había ido antes pero chico, nadie te prepara para ver pasar ante tus ojos a la población entera de Sevilla en apenas veinte minutos.

Oigo lluvia, eso indica salida y por tanto, libertad. Salgo de la estación y paseo por Shinjuku. Es el futuro que todos pensamos que un día seríamos; en Japón ya lo tienen claro y lo han puesto en marcha.

El bullicio supera de lejos al de cualquier otra ciudad que hayas conocido pero no es un ruído molesto, de coches, cláxons o pitidos arbitrarios; es la gente. La gente hablando, llamándote para comer en sus bares, la música de las tiendas, las conversaciones de los dos que están echando el cigarrito en cualquier esquina (porque aquí está prohibido fumar en casi todos sitios)… Súmale el ajetreo en si, el arrastre de esa cantidad de gente moviéndose y marcando el pulso urbano.

Y qué jartá de bombillas joé.

Aunque también os digo que en los alrededores de la estación te podías encontrar varios callejones que aunque a priori parezca alguno de los últimos reductos del viejo Tokio cuando aún caminaba a paso lento, luego te das cuenta de que no dejan de ser esos restaurantes super escondidos en plena bullicie que sólo tú encuentras porque lo leíste en aquél blog de viajes super famoso aunque luego entras y esté todo lleno de cabezas rubias. No sé si me explico…

Parada en boxes: udon con croquetas

¿Con croquetas? Con croquetas. Pero la croqueta japonesa obviamente no tiene nada que ver con las nuestras en absoluto, suelen ser una masa de patata y verdura rebozadas con panko (pan rallado) y fritas. Esto te lo ponen flotando sobre los udon y tu te reafirmas en que la comida japonesa es la mejor del mundo después de la de mi madre, claro.

Por cierto, ¿sabéis que cada región tiene su udon? (Qué pareado). Pero no por cómo se preparan, los de arriba son evidentemente de sobre, sino por el harina que se usa al hacerlos. El sur utiliza harinas más blandas que las del norte, y sus fideos son más suaves. En otros sitios, parece más un chicle. Pero yo todos los que me he comido (que ya van siendo unos cuantos) estaban para darle dos besos a toda la cocina entera, pero no se dejan los muy cabrones.

Los «bares de tickets»

Otro tema: los «bares de tickets». Creo que es un concepto maravilloso que justo ahora se está modernizando. Para conseguir esos fideos que apenas costaban 340 yenes (no llega a tres euros) he ido a dar con un bar que yo no sé como se llaman en japonés, pero si venís los vais a identificar al momento porque todos tienen una máquina de tickets en la puerta.

En esa máquina como puedes ver tienes todos los platos que sirven en el bar; tu buscas el que quieras, echas monedas, te suelta un ticket y se lo das al camarero; al poco tiempo, tu comida está lista. Es perfecto para comer solo porque son bares super pequeños con apenas cuatro o cinco banquetas para sentarse. Para que os hagáis una idea: el Tremendo es el doble de grande de donde he ido yo a cenar hoy.

El caso es que ya se están modernizando estos bares, y empieza a haberlos con salas más amplias, más variedad de platos y para comer con amigos. Como si fueses a cenar a un TGB pero sacas el ticket de comida y pagas por adelantado. En los alrededores de la estación de Shinjuku tenéis tanto de los viejos como de los nuevos.

Y ya con esas, me termino de dar mi vuelta por Shinjuku, me aprieto en el metro literalmente, compro ibuprofeno y antitusivo (funiconan de momento) y me meto en mi cabina con la esperanza de que esta entrada os haya gustado, y de que yo hoy duerma como ministro en escaño nuevo.

¡Un abrazo viajeros!

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