Hiroshima, la ciudad que desapareció.

Luces y sombras de una ciudad sorprendente.

Os aviso antes de empezar que ésta entrada es de las densas. Si queréis que la resuma en dos líneas, es fácil: por un lado, qué jodido fue el lanzamiento de la bomba atómica y cómo la liaron y por otro, qué jodidamente rico está el okonomiyaki.
Ahora si, si queréis profundizar, seguíd leyendo.

Cuando el terror llegó desde el aire.

Imagina que por un momento, nos toca a nosotros. A ti, a mí, a cualquiera. Las cosas se complican, el odio hacia lo diferente termina de cuajar entre una parte de la población. La suficiente para que salte una chispa, dos países entren en guerra y el miedo se apodere de todos.

Entonces, alguien decide por tí en qué bando estás. Y resulta que te toca en el malo, aunque ni siquiera sepas quienes son los buenos. Lo lees en el periódico, tomando un té caliente y reconfortante ante un mundo cada vez más frío. Te terminas el té, recoges tú periódico, apuras el bollito, pagas y te despides de quién te atendió. Tienes cosas que hacer en casa.

Cruzas por una calle y te han cerrado otra frutería para poner una tienda de esas modernas, algo que te molesta un poco. Pasas por delante de la casa de unos viejos amigos a los que te gusta llamar para que se asomen a la puerta a preguntarle por cómo le va a la hija en la Universidad extranjera esa a la que se fue, pero las luces están apagadas así que ya irás mañana a verles.

Y de pronto, sin saber más, sin preguntar, sin pedirlo, sin pensarlo…todo lo que conoces desaparece. Tú ciudad, sus monumentos, los espacios de culto, los parques, los árboles, la casa de tus vecinos, la tetería… Incluso tu mismo. No queda nada.

Eso pasó aquí, en Hiroshima, en agosto de 1945.

La reconstrucción de la ciudad.

Hiroshima se acostó tranquila, en mitad de una guerra, de acuerdo, pero una guerra que retumbaba en el Pacífico…y al día siguiente, casi el 70% de sus edificios habían desaparecido, muchos de ellos sin dejar rastro. Hubo supervivientes, tanto humanos como arquitectónicos. De los humanos, muchos de ellos murieron más tarde debido a enfermedades derivadas de la exposición a la radiación. A los edificios les pasó lo mismo, eran insalvables y se fueron derribando, con alguna excepción:

Este es el Atomic Bomb Dome, y está justo seiscientos metros por debajo de donde estalló la bomba, que lo hizo antes de tocar el suelo. El ayuntamiento de la ciudad decidió conservarlo como monumento a la antigua Hiroshima que ya no existía.

Desde mi nuevo hotel-cápsula (que luego os enseñaré y que es fabuloso) di un largo paseo de unos treinta minutos hasta el Castillo de Hiroshima, cuya historia es curiosa. Existía desde finales del siglo XVI y aguantó en pie hasta la misma bomba, que lo destruyó por completo reduciéndolo a escombros. Terminada la guerra, se decidió reconstruir pero en lugar de madera de pino como era el original lo hicieron en hormigón, imitando el antiguo castillo. Incluso han reconstruido algunas partes en madera utilizando técnicas antiguas.

Así, por fuera parece un edificio antiguo pero por dentro es una estructura moderna distribuida en cinco pisos que albergan un museo tanto de Historia de Hiroshima como de armas, armaduras, mapas y maquetas de la ciudad.

El castillo estaba rodeado casi por completo de edificaciones formando un complejo defensivo de gran tamaño, incluídos varios fosos, lagos y los propios ríos que cruzan la ciudad. Además del museo, arriba del todo podéis subir y las vistas son acojonantes y eso que sólo se levanta desde el suelo unos 30 metros. La entrada cuesta unos

El Parque de la Libertad

Sigo caminando hacia el sur de la ciudad, y llego al llamado «Parque de la Libertad», donde estaba el edificio de la cúpula. Es un parque enorme dividido en varias secciones, entre las que podéis encontrar el Monumento de los Niños, con dibujos y fotografías hechas por los niños de Hiroshima desde los años 50 hasta ahora (aunque creo que era una exposición), varios espacios amplios ajardinados, con césped y una plaza en mitad del parque donde tenían que estar preparando algo institucional, porque había muchas cámaras, gente coordinando cosas, varias filas de sillas… Supongo que algún tipo de discurso o similar.

Casi finalizando el parque te encuentras un enorme museo que justo cierra a las seis de la tarde, la hora en la que estaba entrando yo al parque. A esa hora ya estaba bastante oscuro y aunque el parque estaba lleno de escolares, el estómago me pega un achuchón y decido ir a buscar lo que realmente quería ver de esta ciudad (aparte de lo relacionado con la guerra, que es demasiado triste): el okonomiyaki.

El summum de la gastronomía japonesa

Ni el sushi (que mira que me gusta) ni los udon ni nada; el okonomiyaki es uno de los platos que a dia de hoy, más me tienen enamorado. Okonomiyaki significa, literalmente, «lo que te gusta, a la plancha«. Y tal cual. Estoy seguro de que es el plato más versátil de todo Japón ya que puedes hacerlo de mil formas diferentes y te seguirá volviendo loco eso si, siendo su ingrediente principal el repollo cortado en tiras.

Pues resulta que en Hiroshima hay un edificio inmenso llamado Okonomimura dedicado única y exclusivamente (o casi) a esta comida. Es como un centro comercial pero en vez de puestecitos de ropa a lo Corte Inglés, tiene barras de comida, asientos y humo por todos lados. Así, sin anestesia ni nada. Sales del ascensor y te encuentras con semejante fantasía gastronómica.

Sólo en la tercera planta, a la que fui, había unos veinte o treinta puestecillos, algunos más llenos que otros. Por lo que se, en realidad son casi todos iguales (de buenos o de malos, según) así quee me senté en uno donde sólo había dos personas comiendo, al fondo de la barra. Y empieza el verdadero festival.

Te abren un menú frente a tí, y señalas el que quieres. Yo pedí okonomiyaki de fideos y queso. Queso, cómo no. Qué inventazo, amigos y amigas de la gordura. El proceso era éste, más o menos.

Primero, la masa a base de harina, ñame y agua.
Así, bien redonditas que aquí arriba va todo el pastel.
Se añade la col y brotes de soja.
Aquí esta personalizando cada okonomiyaki. El mío es el de la derecha del todo.
Le freímos un huevito que convertimos en una especie de tortillita, como un crepe.
Le damos la vuelta a donde tenemos la col, para que se haga por abajo. Al otro lado, vamos haciendo los fideos.
Le echamos más cosas, que no falte de ná. El mío lleva kimchi coreano.
Y ya tenemos esta obra de arte.

Es que le faltaba empanarlo al cabrón. Y si llega a hacerlo me la como igual, así reventase. Te la dejan además sobre la plancha caliente, la partes en trozos con una pequeña paleta y te vas sirviendo en tu plato y así no llega a enfriarse. Pero es que mirad qué preciosidad, y qué olores: el huevo, la harina, los fideos, las especias, el queso, el kimchi arriba del todo, el hambre que tenía yo que también ayuda….

Bueno es que me costaba hasta respirar. Por suerte ese día apenas había comido unos fideos «ligeritos» en Fukuoka y esto, dos comidas al día y eso si, la caminata de casi veinte kilómetros. Y puedo demostrarlo, ojo:

Bueno y la llegada al hostal fue que ni me lo creía, porque estaba relleno de comida, con los pies destrozaítos y el cuerpo algo frío de tener toda la sangre en el estómago. Mi nuevo alojamiento está en una segunda planta, junto a un casino. Si, comparten la misma planta, bastante curioso. Hago el check-in y me dan una bolsa con una bata, cepillo de dientes, babuchas y demás. Babuchas para pies de emperatriz china, porque para europeo con un 44 como yo seguro que no eran.

El lugar era acojonante, las cosas como son. Yo conté sólo para hombres unas 80 cabinas, bastante espaciosas, cómodas, con su manta, su toalla, su perchero, cajones, tele y demás. A otro lado tienes las taquillas, donde cabe una maleta de mano como la mía perfectamente. Más adelante los baños, con una docena de duchas, lavadoras, y váteres mágicos, los de chorrito. Super limpio y ordenado, también es verdad que no debía estar muy lleno, no se notaba mucho tránsito. Nada que ver con lo de la noche anterior.

Tarde bastante en quedarme dormido, eso si, pero en parte pudo deberse a tener la cabeza llena de cosas por hacer, sitios por visitar, los Shinkansens del día siguiente…y que como algunos sabéis, han sido un desastre hasta tal punto de tener que cancelar la clase sobre cómo hacer udón desde la masa. Y no ha sido culpa de los trenes, ojo, es que soy asi de subnormal.

Pero eso os lo cuento mañana, que tiene telita…

¡Un abrazo viajeros!

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