Barbacoas coreanas y otras delicias

Porque lo importante es participar y ponernos hasta las cejas.

La probé la primera vez en Bali. En Sevilla tuve una experiencia «lejana» pero curiosamente parecida. De nuevo en Taipei, en un Hot Pot (cadena de locales de barbacoas y «cocidos») y finalmente aquí, en Corea del Sur. Por fin he probado lo que viene siendo una auténtica barbacoa coreana y os lo pienso contar con todo lujo de detalles para cuando vengáis vosotros.

Una auténtica experiencia gastronómica en pleno Seúl.

El día ha empezado ligero, bajamos a desayunar (porque para algo lo incluí en la reserva) y como al frío de estos días se le había sumado la lluvia, decidimos esperar a que escampase un poco. Sobre las doce nos ponemos ne marcha y decidimos darnos un paseo por Insa-dong, una zona comercial especializada en artesanía con pinta de costar lo mismo que un órgano sano en el mercado negro.

Que por cierto, una cosa de lo más llamativa de Seul (no sé si de otras ciudades de Corea) es que los barrios se distribuyen por gremios. Nosotros estamos en Myeong-dong y está lleno de imprentas y locales de rotulación; un poco más arriba tenemos el de las lámaras domésticas, el de los cuadernos, el de la fotografía, el de las motos, el de la ropa de deporte, la ropa de segunda mano, el de las telas, el de los sombreros y gorritos…y por supuesto, de comida, que como buena ciudad asiática es omnipresente y omnipotente.

El caso es que dicho barrio no nos convence mucho, y nos movemos hacia el mercado de Gwangjang, un enorme espacio cubierto y laberíntico que combina rollos de tela doméstica (para tapizar sillas, sillones y tresillos, señora) con puestecitos de comida, que es donde comimos ayer y os relataba en la entrada anterior.

Pero tampoco nos convence, no. A mi me apetecía un plato que adoro, que recuerda al tonkatsu japonés; aquí no sé como se llama, pero tiene ésta pinta. Éste además, tenía queso fundido. Mi corazón se derretía igual al probarlo y mis papilas gustativas daban gracias por atender a sus plegarias.

La lluvia continúa y decicimos refugiarnos un rato en el hotel, a darle un poco de cuartelillo al estómago y a coger fuerzas para pasar la última noche en Seul; al menos la mía, porque David se queda un día más para encajar su vuelo a Santiago.
Tras el descanso, decidimos darle un repasito al típico barrio turístico pero no por lo estético, sino por las compras. Son como las calle Tetuán y Sierpes de Seúl, pero ultra masificado y convertido en un filtro de Instagram sin fin. Neones y luces a todo lo que diera el mando, música pop coreana a toda leche, gente literalmente desfilando por las calles…

No era nuestro sitio favorito, desde luego. Volvemos al «barrio», donde el día anterior habíamos descubierto de casualidad un par de bares curiosotes, y encontramos el sitio.

La verdadera y tradicional paella valenciana barbacoa coreana

David eligió el sitio al pasar por la puerta, desde fuera es llamativo, como prácticamente todo lo que hay en Corea a la vista. Lucecitas, ventanas, gente dentro comiendo animadamente…todo muy tierno…tan tierno como la carne que ibamos a comernos.

Primero nos abre un señor mayor, entiendo que trabaja en el local. Nos enseña el menú; aparte de los platos sueltos hay muchos menús que van desde los 40.000 wons (30 euros) hasta los 120.000 (90 euros). Los precios y la pinta de la comida nos convence, y decidimos afortunadamente entrar al restaurante.

Las mesas son muy curiosas; en medio tienen una especie de cazo gigante, y sobre este una especie de lámpara con un tentáculo extensible que resulta ser un extractor de humos. Una vez sentados, decidimos pedir el Menú B, de unos 70.000 wons (alrededor de 60 euros) que incluye verduras y cuatro cortes de carne diferente. Casi al instante nos sirven pequeños platitos que sitúan alrededor del cazo gigante, donde el señor de antes mete un bol enorme con carbones ya en ascuas casi. Técnicamente, es un brasero de los antiguos pero con una rejilla encima.

Para beber elegimos algo que habíamos estado buscando durante todos estos días y no había forma de encontrar; algún licor típico coreano, el que fuera. Pues aquí encontramos dos; Makgeolli y Soju. El primero es un licor no refinado de cereales de color blanquecino, parece como leche de soja pero más espesa y con cierta graduación. No mucha, eso si, pero yo tenía la sensación de que una botella de esa te entra fácil; dos te tiran al suelo. El Soju sabía directamente a sake aguado, y era cómodo de beber. Una de cada han caído, había mucha carne por regar.

Echamos a la parrilla los cortes más pequeños de carne, algo más duros pero de sabor intenso. Luego un filete que el señor del principio nos troceó y puso en la parrilla frente a nosotros; los siguientes cortes ya los manejábamos nosotros y el último igual. Estos dos últimos sé que provenían de la nuca del cerdo, no se como se le llama en España pero es, de lejos, la carne más sabrosa que he probado en mi vida. Se deshacía en la boca y pedía a gritos no ser mojada en ninguna salsa, apenas sal, pimienta y ganas. En gener la carne la ibamos mezclando con las diferentes verduras de los cuencos de nuestro alrededor; sólo identificamos el kimchi y la lechuga, el resto no sabemos qué son, pero a su casa vienen.

Como en la mayoría de los restaurantes coreanos, en la mesa ya tienes los cubiertos necesarios para comer; palillos y cucharas en una caja, servilletas al lado, el agua te la traen en una pequeña botella. Lo digo por si os agobiais si no véis los tenedores…porque básicamente, apenas los usan. En muchos restaurantes, los cubiertos se esconden en un cajoncito pequeño bajo la mesa, como en las casas antiguas.

Después de la comilona y los licorcitos, os podéis imaginar… Más sueño que un panadero, pero satisfechos, felices y con un puntillo curiosote y simpático gracias al licor. El señor mayor ha estado pendiente de nosotros todo el rato (y de un partido de baseball México-Corea que daban en la tele) y no nos ha faltado de nada. No nos entendíamos en absoluto, apenas alguna palabra en inglés. Pero esto demuestra que el amor por la comida es universal y que no precisa de idioma, sino de buenas intenciones.

El lugar, por cierto, tendrá su propia entrada en la sección «Food&Bev» proximamente, con indicaciones de cómo llegar y más detallitos.

Esta entrada por cierto se la dedico a mi padre, que se que le gusta leerme pero más le hubiera gustado meterle mano a la barbacoa, porque conociéndole hubiera chupado hasta los carbones. Por la grasita que le cae y eso.

Mañana daremos el último repasito a Seul, intentaremos subir a la torre de comunicaciones si no hay muchos grupos chinos colapsando la entrada y finalmente sobre las 14.00PM cogeré el bus al aeropuerto de Seúl listo para la siguiente y una de las más deseadas etapas: Japón.

¡Hasta mañana viajeros!

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