Keelung y el Puerto del noreste

Como ayer os comentaba hoy habíamos organizado con Scarlett una visita a su ciudad natal (y donde vive), Keelung. Se encuentra al noreste de Taipei y es una pequeña ciudad costera que tuvo gran relevancia histórica al ser una de las grandes ciudades marítimas de la isla de Taiwan hasta que la capital se trasladó a su sitio actual, restándole importancia.

Yo añadiría que por suerte, porque es una ciudad encantadora y que si venís a Taiwan y a Taipei, podéis visitar de forma cómoda y rápida en un sólo día, y seguro que volveréis encantados.

El puerto del noreste

Empezamos el día con un desayuno contundente, al menos David, yo tenía cuerpecito de sandwich y de café fresquito. El día ha estado un pelín más cálido de lo normal, así que ha entrado de maravilla. Ponemos rumbo a la Main Station Taipei de donde salen los buses hacia Keelung. Allí habíamos quedado a las 10.00 con Po y Pedro, amigo y pareja de Scarlett respectivamente, que estos días también nos han acompañado por la ciudad. Aparecemos allí algo tarde y para colmo nos equivocamos de estación, pero estaban una enfrente de la otra y la confusión era bastante normal al parecer.

Pagamos con nuestra tarjeta mágica que vale para todo y en 45 minutos llegamos a Keelung.

¿Keelung o Hollywood?

Tiene unos 380.000 habitantes y es la ciudad más importante de la costa norte. Varios canales la cruzan, pero digamos que los keelunguenses no tienen muy controlado lo de las depuradoras y los vertidos de aguas residuales a sus aguas y bueno, un festival. Pero vamos a lo importante: la comida.

Tienen un desayuno propio que está de gloria y no te deja fuera de combate: el tson yo bin , un «pastelito» salado hecho de masa frita y horneada rellena de verduras, sobre todo cebolleta fresca y suave. Hemos podido ver todo el proceso de preparación de manos de una mujer a la que yo le pondría una plaza en nómina como mínimo.

La isla de Heping y las piscinas naturales

Proseguimos en nuestra excursión y cogemos un bus camino de un pequeño parque natural en una isla aparte de Keelung llamada Heping Park Island y que aparte de instalaciones portuarias, tiene unos pequeños caladeros para la cría, cultivo y recogida de marisco y algas (que son consumidas a menudo aquí) y unas piscinas de agua salada naturales bastante apañadas por si querías refrescarte. No es mala idea, la verdad. Aquí unas cuantas fotos de todo el parque en sí, que merece la pena visitar por el par de euros que cuesta la entrada.

La zona aparte de ser un puerto natural, también es (fué) un gran puerto industrial y por ello sorprende a cada paso; no sólo por las vistas, sino porque conserva ese toque añejo de la vida dedicada al mar, de faeneros y astilleros que tan bien conocemos en Andalucía. El olor me recuerda a Cádiz, y algunas de las vistas me dicen que recuerdan enteramente al País Vasco. No olvidemos que estamos en Formosa, a miles de kilómetros de aquí.

El paseo se hace cada vez más agradable, tanto que decidimos ir a tomar un café en este sitio tan pintoresco. Según nos vamos adentrando en ésta pequeña bahía dentro de otra bahía vamos encontrando lugares a cuál más llamativo y fotogénico.

Para que os hagáis una idea de cómo es el territorio:

Un mercado nocturno de comida XXL

Dado que el hambre empieza a acechar y que estábamos algo lejos del centro de Keelung, tomamos el bus de vuelta para sumergirnos de cabeza en su mercado nocturno a los cuales uno les coge ya hasta cariño. Tengo que decir que el mercado nocturno me ha dado mucha mejor impresión que los de Taipei, quizás más ordenado y cómodo, más llamativo y hasta variado. Además al ser zona de costa, los platos cambian ligeramente.

Finalmente probé unas bolas de verdura fritas con salsa picante (¿picante? ¿YO?) y algo que bueno, intenté probar y digamos que no era mi favorito. No es que estuviese malo ni mucho menos, pero es que la textura de la sangre de cerdo cuajada cuesta un poquito de asumir. Eso si, si estuviese frita con ajito, no sería muy diferente a la que se sirve en España.

Una despedida indeseada en un lugar insospechado

La tarde se convierte en noche, y con la cena en su lugar y la despedida acercándose, decidimos ir a tomar una penúltima cerveza, o copa, o lo que fuese por los alrededores. Entonces Scarlett hizo realidad uno de mis grandes mitos y deseos durante este viaje; ¿nunca habéis tenido la sensación de que mientras visitáis algún sitio, hay otro mundo paralelo inaccesible para los foráneos ocurriendo exactamente en el mismo tiempo y en el mismo lugar, pero lejos de nuestro alcance?

Primero dimos con un templo a Mazu, la diosa del mar. Es un equivalente exacto a las vírgenes del Carmen dispersas por toda nuestra geografía. Un templo imponente, repleto de velas, incienso y dorados. Por un momento recuerda a las iglesias barrocas andaluzas, pero muy de lejos, y con algo de miopía. Como cuando me quito las gafas.

Dejamos el templo atrás y caminamos por uno de sus laterales, un mercado diurno de marisco, una lonja callejera. Scarlett frena y se cuela por un pequeño callejón. A la mitad del callejón, una puerta pequeña y discreta.

Scarlett abre la puerta decidida, y yo soy el primero en subir las escaleras. Arriba puede haber cualquier cosa, pero por un momento tengo la certeza de saber lo que es; un pequeño rincón oculto entre las calles sólo para nosotros.

Suena una música suave, algunas canciones las conozco. El local puede parecer el garaje de algún colega manitas que se ha apañado una barra y un refugio privado, o bien el salón de una casa en la que no hay mucho jaleo. Sea como fuese, nos sentamos en sofás y sillones, pedimos algunas copas a las que se empeñan en invitarnos y disfrutamos del resto de la tarde, evitando ver venir ese amargo momento en el que se convierten las despedidas.

Con varios abrazos, besos y una promesa de volver a la isla de Taiwan, nos despedimos de Scarlett para coger el bus de vuelta a Taipei, el metro y dejar las maletas preparadas para nuestra siguiente parada: Corea del Sur.

Hasta entonces, ¡buenas noches viajeros!

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