La gastronomía de Taiwan

O cuando le echas valor al tofu apestoso y al intestino de cerdo.

Pensaba relatar el día completo tal cual, como siempre, pero hoy me voy me voy a centrar en la comida porque si algo tiene Asia en general que me apasiona son sus «night markets«, mercados nocturnos (y diurnos) de comida donde puedes encontrar absolutamente cualquier cosa para comer que sea típica de la tierra y eso si, con una ausencia de controles sanitarios que en Europa provocarían suicidios entre los inspectores si lo vieran. Pero luego no te dejan meter carne de cerdo en el país «por si hay intoxicaciones». Vamos allá.

Desayuno, almuerzo y cena.

Anoche el sueño fue reparador. Necesitaba esas ocho horas continuas e intensas de sueño, ese dormir a pierna suelta, ese despertarse con la boca reseca y la vista desenfocada. Poco a poco te vas poniendo en marcha, entra un solazo agradable por la ventana y siendo éste un país tropical, te imaginas ya sus buenos 30 grados; no alcanza los 18. Aún. El paseo avenida abajo se hace cómodo y damos con lo que queríamos: un lugar donde desayunar algo típico del país, completito y contundente. Os presento el tie pan mie o fideos con cerdo y huevo, mi mejor amigo ahora.

¿Pero sabéis lo que más me ha gustado de todo? El hecho de que la camarera, que no hablaba una sola palabra de inglés, ha puesto todo su empeño y esfuerzo en entenderse conmigo incluso por señas, y hasta que no nos ha puesto la comida en la mesa no ha parado. Esto es importante y luego veréis el por qué.

Haciendo tiempo hasta vernos con mi amiga Scarlett pasamos por un centro comercial estándar, de estos de diez o doce plantas con marca de lujo orientado a la venta masiva hacia japoneses. Nada interesante si no vienes con la cartera hinchaíta como un sanjacobo. Nos vamos hacia el otro la ciudad donde viviríamos una gran sorpresa: nos echan de un restaurante.

Y la xenofobia asoma la patita con dulzura.

Tras visitar las «diez casas» (que explicaré mejor cuando hable del pasado de Taipei, super interesante) Scarlett sugiere visitar un mercado a las puertas de uno de los numerosos templos de la ciudad, cerquita, apenas cinco minutos andando. Un sitio muy local y comunitario tal y como se ve en estas fotos:

Pues precisamente creo que ese ha sido el problema: la comunidad. Estuvimos buscando sitio para sentarnos, y dimos con una mesa pegada a los puestecillos de comida. Eramos cinco, teníamos tres asientos, preguntamos a alguno de los camareros… Nada fuera de lo común, vaya. De hecho David y yo nos matenemos algo apartados y dejamos a Scarlett toda esa faena. Pero empiezas a notar algo más que miradas curiosas, ves que hace un momento eras un poco «mono de feria» y ahora ya empiezas a inquietar, todo ello sin hacer nada más que esperar a que tu amiga de con una solución.

Al poco se acerca una señora mayor que obviamente trabajaba en el puesto de comida cercano y queriendo yo pensar que venía a sentarnos en una mesa, se dirige a Scarlett pero mirándome a mi constantemente. En mi mente, me imagino como ella le pregunta «¿Qué va a querer comer el calvo de las gafas?» pero no, era algo peor.

Resulta que la señora le estaba diciendo a Scarlett algo como «aquí sólo servimos carne de tiburón, no le va a gustar«. Sigue señalándome a mi constamente y sube un pelín el tono, y no hace falta saber chino para entenderlo. Veo una nueva negativa por parte de Scarlett y automáticamente me pongo en marcha y me voy. Si, nos estaban echando porque David y yo somos extranjeros «y no nos va a gustar su comida». Es una forma dulce de no querer presencia extrañas en un entorno comunitario y local.

Ojo, puedo entenderlo, sólo habría que imaginarse a dos taiwaneses en mitad de un bar de pueblo de estos de dominó, mosto y papas aliñás en mitad de la Campiña sevillana mismo; quizás no les echen como a mi, pero las caras serían un poema. Obviamente no lo comparto, pero son distintas velocidades a la hora de aceptar algo. Por otro lado, recordad a la señora del desayuno y su afán por entenderse conmigo. En definitiva, una experiencia más.

Templamos el estómago con arroz con sabor puchero

¿Será por sitios para comer? Damos una vuelta rápida y encontramos otro sitio típico, pequeño, algo mugriento con un escaparate llamativo con unas tripas de cerdo y otros manjares… Pero qué ricos.

El plato de la izquierda (ro tsao fan) sabía enteramente a puchero, a la carne con la que después hacemos la pringá. Os lo prometo, que mira que tengo tiento para los sabores y que venía con la idea de recrearme en ellos… Pues otro plato favorito. «Póngame usted, caballero, nueve talegas de eso que está tan rico» he dicho en mi mente. En la imagen de la derecha véis verduras hervidas, intestino de cerdo y carrillera. Si, como la nuestra, solo que en lonchas y curada. Y según David, tanto ésta como la del desayuno es de cerdo sin castrar y por eso sabe tan fuerte. Yo creo que son las especias. Ambas son compatibles.

Y para ahogar el disgusto y el resto de la comida, nos echamos un postrecito al pecho: un hontobin.

El hontobin es una especie de pastel con una masa de huevo y harina con un relleno, normalmente, de frijoles dulces y mantequilla. Los frijoles dulces ya los había probado alguna vez antes pero helados, en un restaurante japonés en Sevilla hace años. Está caliente y entra de maravilla, super agradable y con ganas de que algún día los tengamos por allí.

Y la cena apesta a calcetín sucio

Con los estómagos felices y curados, caminamos hacia una de las últimas zonas de moda de la ciudad; el puerto de Dadaocheng, el primer lugar desde donde salió el famoso te de Formosa, el Oolong, hace ya 120 años hacia Nueva York y donde se volvió tan famoso. Coincide con el atardecer, que nos deja perspectivas como ésta y que no utilizo como portada porque la entrada va de comida, pero creo que es de las imágenes más bonitas que me he cruzado hoy.

Conciertos de música, fotógrafos todos en filita queriendo capturar el atardecer…Todo muy bucólico pero muy animado, muy de sábado de otoño tropical, si es que eso existe. Scarlett se cruza con unos amigos que hace tiempo que no ve, que me presentan pero que no se incorporan. Se hace de noche y nuestros estómagos ya buscan gasolina. No es urgente, pero el camino hacia otro mercado nocturno nos depara otra sorpresa: una procesión.

Un poco de Dios y un poco de arroz.

No quiero desviarme del tema de hoy y prefiero dedicarle un post propio dedicado a la religión y la cultura, pero os dejo un par de fotos para que veáis qué es lo que nos cruzamos camino del último mercado del día:

Caminamos poco, algo cansados ya y con los pies atorrijándose, hacia nuestra cena. Por el camino cruzamos calles y calles con una arquitectura de soportal que me recordaba a la antigua de Sevilla, más que nada para evitar el sol y las lluvias torrenciales solo que los taiwaneses han sabido conservarlas y convertirlas en centros de negocios. En esos soportales puedes encontrar desde talleres de motos hasta tiendas de especias, chucherías o sofás. Los olores me atan a éste lugar como ninguna otra cosa.

No espero menos de Scarlett, que también es una disfrutona de la comida y nos encontramos en un sitio como éste.

Uno de los platos arriesgados, tras haber probado el intestino de cerdo y que en realidad su sabor no hubiera espantado en modo alguno a un español, es el tofu apestoso. Literalmente, se llama así. Tofu (cuajada de soja) fermentado y frito y servido con salsa de soja y col macerada. Huele ligeramente a alcantarilla y a bodega sucia, pero me imagino la cara de un japonés enfrentandose a un manjar como el cabrales y le meto mano al plato.

Además del tofu pedimos ro geng tang, una sopa con trozos de pollo flotando. La sopa en si estaba algo insípida, pero nada que no se solucione con algo de salsa picante. David también se pidió algo de pollo con arroz.

Y por si no habíamos reventado del todo, aún dejamos hueco para taquitos de carne de ternera a los que no les pude hacer foto porque nos los comimos antes, y de postre otra sorpresita: tohua, una especie de flan de soja con muchos toppings encima, como cereales, tapioca, legumbres dulces, fruta… Se sirve con y sin hielo picado, y sirve sobre todo para sobrevivir a los duros, largos y húmedos veranos taiwaneses. Les entiendo a la primera y pienso en un gazpacho fresquito.

Me falta aún unos mochis que pedimos para probar y reventar del todo, pero como se que en Japón van a caer unos cuantos dejo una foto y otro día hablamos más y mejor de ellos.

Y una vez decidimos que ya estabamos entre la gula y el vicio y sobrepasando toda moralidad, empezamos el camino de vuelta a casa visitando alguna que otra librería subterránea, una zona moderna al estilo Alameda y de casualidad otra procesión.

Que dice Scarlett que no había visto ni una sola en toda su vida, pero que hoy ha visto dos. Por algo será.

¡Buenas noches viajeros!

Comments
  • Montse
    Responder

    Alucino con la comida jajajaj… habría sido incapaz de comerme el tofu apestoso y el intestino de cerdo puajjj!!! Lo demás si tenía buena pinta.
    A seguir disfrutando de tu viaje!

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