El mercado nocturno de Hong Kong

O por qué en España vamos con siglos de retraso en cuanto a comida callejera se refiere

Los mismos nervios. Las mismas dudas. La misma incertidumbre antes de iniciar un viaje y como siempre, todo acaba desapareciendo antes de darme cuenta. Ahora mismo David ronca en la cama de mi izquierda, ha caído rendido. A mi derecha un enorme ventanal que deja ver parte del puerto de Hong Kong y su tránsito de barcos. Y todo comienza con un vuelo.

El vuelo más largo

Empecé la mañana levantándome pronto, yendo al SEPE a solicitar el paro (porque para que se lo gasten ellos en p*tas me lo gasto yo en comida, faltaría) y cogiendo carretera con Andrés camino del Aeropuerto de Málaga con bastante antelación. No demasiada como para morirme del aburrimiento, pero la justa para que se me hiciera largo. Embarque rápido y vuelo cómodo hacia Paris, donde un par de horas más tarde me reencuentro, después de casi un año, con mi amigo David el cual me acompañará hasta Corea del Sur antes de volver él a Santiago de Compostela.

Entramos pues, a la hora indicada a nuestro vuelo hacia Hong Kong, el vuelo más largo que he hecho nunca. Por suerte, cierto médico me había recetado unas pastillitas mágicas que junto con un poquito de vino se han convertido en seis magníficas horas de sueño en las que no me he quitado ni las gafas.

Advertencia: el uso de pastillas para dormir y alcohol puede dejarte moñeco. Ni se os ocurra hacerlo sin haber hablado con un médico o en su defecto, el chamán de vuestra aldea.

Y por supuesto, nada de secuestrar aviones para pilotarlos porque os la pegáis.

Para cuando nos damos cuenta, estamos en Hong Kong.

Una visita exprés pero sabrosa

Para mi, ésta es la cuarta visita a Hong Kong si mal no recuerdo; las dos de 2016 cuando conocí a Dani y a Min, la de 2017 en la que sólo vi a Min porque Dani estaba en Barcelona y ésta. En todas siempre he tenido una sensación extrañísima porque estás en una enorme ciudad financiera donde se mueven billones de dólares cada día, pero luego puedes pasear entre puestecillos de comida a pie de calle esquivando vendedores de fruta, prostitutas y taxis.

Estos puestecillos abundan por muchos sitios de la ciudad pero sobre todo en Temple Street, justo en el centro del distrito de Kowloon, la parte más «china» de Hong Kong. El procedimiento es sencillo: te acercas, eliges qué quieres que te sirvan a la plancha y el amable señor crea una obra de arte callejera que te vas a comer en tres bocados y en la que no te vas a gastar ni 10 euros.

Por ser más específico: seis brochetas (dos de calamar, dos de pollo y dos de cerdo) y dos cervezas han sido 79 HKD (Dólares de Hong Kong) que al cambio apenas rebasan los 9 euros. Temple Street está justo aquí:

Fácil de encontrar, de ver y donde perderse sin miedo a no encontrar la salida.

Una ciudad de contrastes

David durante la visita me lo recordaba una y otra vez: lo que más impresiona es el contraste entre Oriente y Occidente incluso coincidiendo en una ciudad, habiendo sido Hong Kong una colonia británica como la que parece seguir siendo a juzgar por su conducción temeraria por el lado contrario de la carretera, sus autobuses y tranvías de dos plantas y el hecho de que cuando vauas a hablar inglés, no te entiendas con nadie. Como los taxistas, por ejemplo. Cuando vengáis, recordad llevar capturas en chino del lugar al que vais, o un traductor offline. Porque repito, no hablan inglés, o muy poco, quizás los jovencitos. Y tampoco aceptan tarjeta.

Yo en el avión, como os contaba, había conseguido dormir pero mi compi arrastraba más sueño que un panadero así que nos hemos dado una vuelta rápida por la zona de Kowloon pero AY AMIGO, qué es esto que hay ante mis ojos y que hace sonreír a mi estómago:

Como muchos sabréis, soy propenso a comer picante del que te duerme hasta un lado de la cara como me pasó hace unos años en Bali, así que de cabeza a sentarnos en una mesa y probar un manjar endemoniado como éste:

Son dumplings es decir, gyozas o momos pero servidos en una sopa caliente con cilantro y lava líquida. Dice una leyenda china que en ella puedes forjar una espada y aún te da para un casco de los resistentes. Si queréis localizarlo, tenéis que buscar en Google otro restaurante que se llama Kung Fu Dim Sum (haz click en el nombre) y que está justo al lado, que no lo he probado pero es que en Google no aparece el Kong Kee Spicy Food que es como se llama esa maravilla de lugar. Hemos pedido dos boles de diez dumplings cada uno, otro de seis dumplings fritos y dos refrescos, y en total han sido 159 HKD (18 euros).

También os digo que con un sólo bol hubiésemos cenado los dos, pero nos ha podido la gordura.

Con los estómagos a rebosar y tambaleándonos felices, cogemos un taxi de vuelta a nuestro hotel, el Rambler Garden desde el cual tenemos unas vistas como éstas con las que voy a cerrar el capítulo de hoy para descansar y arrancar mañana la segunda etapa: Taiwan.

¡Buenas noches tomaviajeros!

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