Descubriendo Nara

 In Asia, Japón

La ciudad del Daibutsu

No lo voy a negar: hoy me he regalado casi diez horitas de sueño. Las necesitaba. Al volver ayer a casa apenas me puse una película, me puse ciego de sushi y me metí en la cama. 

Vi «Memorias de una Geisha» por enésima vez, pero es que era el momento perfecto. 

Tal y como tenía planeado, sobre las diez pongo rumbo a Nara, otra de las antiguas capitales de Japón. Está a unos 45 minutos en tren, a los que sumo los 15 desde la habitación, que dejó de forma definitiva, hasta la estación central de Tokio.

Los trenes hacia Nara están incluidos en el JRP del que hablábamos ayer, así que sencillamente te acercas a los tornos de seguridad, muestras tú pase y para adentro. Te sientes hasta importante, como cuando estabas en lista VIP de alguna discoteca o te daban un carnet para no tener que esperar. Pues igual, pero con relevancia.  Cuando subo al andén el tren ya estaba ahí y en menos de una hora llego a Nara. 

Nara es una pequeña ciudad al sur de Kioto, muchísimo más tranquila que la anterior y un remanso de paz si la comparamos con Tokio. Una calle principal une la estación con mi primera parada: la pagoda más famosa de todo Japón

Es curioso lo de las pagodas y como se extienden por toda Asia, desde Bali a Japón pasando por Katmandú. Por fotos se que en otros tantos países del sudeste asiático también las hay. Se relacionan con el budismo y cada «planta» tiene un significado específico, que ahora mismo no recuerdo y que como estoy aún en el Shinkansen de vuelta a Tokio no puedo consultar en la Wikipedia. 

La magia de internet. 

Tras la visita a la pagoda sigo avanzando y llego a otro de los grandes atractivos de Nara: los ciervos. Los primeros que veo están detrás de una verja y digo «Bueno, pues como en el Zoo de Jerez si es que allí hay ciervos». Pero que va. Están por todos lados y sueltos. 

Pero sueltos sueltos, como los monos en Katmandú o los ingleses en Ibiza. Te puedes acercar un poco además, no salen corriendo y están acostumbrados a la presencia humana. A la presencia, no al contacto. Lo único que quieren de ti es comida y para ellos no eres comida, solo un repartidor a domicilio gratuito. Es decir, que sin comida pasarán de ti. Por cierto, un ciervo sólo no huele mucho; muchos ciervos huelen a cabra. A cabra bonita, pero a cabra. Algunos además llevaban los cuernos limados; conozco gente así. 

Sigo caminando en dirección a lo que llevo años deseando ver de Nara: el Buda gigante o Daibutsu. Este nombre es genérico para cualquier gran Buda pero en algunos casos es más conocido el pseudónimo que la advocación del Buda en si. El recinto per se es impresionante, un gran cuadrado rodeado de soportales de madera y en medio la gran pagoda, el templo que protege al Daibutsu y sus guardianes. 

La estatua en si es una auténtica maravilla: mide 16 metros, su mano cerca de dos y sus ojos casi un metro; por los agujeros de su nariz cabe un niño de los delgaditos. De hecho, en una columna cercana hicieron un agujero con las mismas medidas y si cabes por ahí, cabes por la nariz. Esto, como podéis imaginar, es toda una mina para hacer chistes muy venidos a cuento, en plan «te cabe el Mani sentado» o bien lo que pasaría  si el Buda estuviera  de pie y por donde entrarían los niños pero me los guardo que no estamos aquí para eso. 

El Buda en si, se dice, tiene 1300 años de antigüedad y está fabricado en un 90% de bronce y el resto de oro. Supuestamente tiene la cabeza hueca y en ella, el contenido de toda la sabiduría del mundo y contexto en el que fue construido. Obviamente son leyendas, pero yo no las descartaria del todo, es muy simbólico que )@ estatua tenga la mente «vacía» y en ella se encuentre gran parte de los saberes de la época. 

Aparte del gran Buda podemos ver a sus dos guardianes, uno a cada lado. Son impresionantes también, y recubiertos de pan de oro. 

Salgo del templo totalmente satisfecho y sabiendo que tarde o temprano volveré a este santuario. Es quizas uno de los sitios más mágicos que he visto en todo el viaje, y han sido unos cuantos. La imagen del Buda gigante nada más entrar te deja sin palabras. He elegido bien. 

Dejo el templo atrás para ir emprendiendo el camino de vuelta a Kioto, ya que había sacado billetes para volver en el Shinkansen de las 17.58. si, y llegó a esa hora exactamente, por cierto. Cómo el tren de Nara llega pronto (lo cojo pronto, más bien) aprovecho para visitar algo más por la zona: Nishihongan-ji y Hihashigongan-ji, los dos cerca de la estación y visitables también por dentro. 

Ya con esas se me hace la hora de volver, además de que estoy reventado del pateo. Según el reloj he caminado cerca de nueve kilómetros en una ciudad que no llega al tamaño del centro de Sevilla pero bueno, sarna con gusto no pica. 

Mañana visito otro gran e histórico Buda, el de Kamakura. Y ya sabéis, si os gustan las entradas compartidlas, no solo me haréis feliz a mi sino que quizás os animéis a venir o a alguno de vuestros amigos!

¡Buenas noches viajeros!]

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