Descubriendo Tokio

Ueno, Ginza, Shibuya y Nipori

Amanezco empapado: se me ha ido la mano con la manta eléctrica. Ya sabéis, la emoción. Yoshio me dejó la cama preparada lista para desecar atunes de almadraba pero de eso no te das cuenta hasta que te levantas, claro. Seguía sin teléfono, así que me pongo en marcha rápido para buscar una solución efectiva: finalmente encuentro un cargador USB japonés de mi talla. De la del móvil, digo. Por fin me pongo en contacto con Hiroyuki, al que despierto aunque lo niegue por cortesía. Se planta en mi puerta (si, en la de Yoshio) en apenas hora y media. 

La prefectura de Tokio mide más de 2000 kms2, con más de 13 millones de habitantes. Poco tiempo es. 

Hiroyuki siempre sonríe. Calculo que ronda los 45 años por las vivencias que me irá contando durante el día, pero aparenta diez menos. Me empieza contando que el barrio donde estoy, Uguisudani, es donde vienen las parejitas tokyotas a hacer más japonesitos. O a intentarlo, más bien. No se, a mi no me lo parece.

Nos dirigimos al Parque de Ueno, apenas cruzando la estación en el sentido opuesto a donde vivo. Por el camino se respira la calma propia de los sábados en familia, de una tarde de invierno soleada tras un par de días de lluvia. Las calles están impecables y los pequeños templos o altares florecen aquí y allá. 

El parque es una superficie inmensa donde en este momento ocurre el momiji , que aunque es el nombre de un árbol en concreto representa el cambio de color de las hojas de los árboles en otoño. Cómo el sakura en primavera, que se refiere a los almendros.

Qué poético. Me ha salido solo. 

La gama cromática es un espectáculo. Familias enteras pasean por el parque y se dirigen a una explanada central y no me extraña, porque desde lejos ya se percibe un rico olorcillo a barbacoa. No puede ser, si apenas he desayunado. No me hagáis esto que me lanzo y me vuelvo loco. 

Resisto como un campeón y nos tomamos un café cada uno, que con el frío que hace se agradece. Descubro en ese momento que los japoneses se toman las cosas muy calientes, pero de poder forjar una espada adentro de la taza. Bueno, una katana en este caso. Más tarde lo volveré a comprobar. Hiroyuki sigue contándome acerca de la historia del parque, le gustan mucho las pequeñas anécdotas y me lo hace saber. Llegamos a un pequeño templo dentro del parque, donde me explica que en muchos de ellos hay dos estatuas de animales en la puerta; una de ellas siempre tendrá la boca cerrada y la otra abierta. El principio y el fin. El Alfa y el Omega cristiano. O escultores con mucha guasa. Las tres pueden ser. 

En los templos se hace una cosa muy curiosa que recuerda a los pabellones de la Expo del 92; te compras un librito en blanco y en cada uno de ellos puedes pedir, por unos 300 yenes, que te pongan un sello y una firma a mano, como los pasaportes. Es algo así:

La gracia está en que como cada uno va a los templos en el orden que quiere, cada libro es único. Los trazos en negro describen el templo y la deidad a la que se dedica, con la fecha; los rojos son un sello estampado, únicos de cada altar. 

Continuamos la visita entre estatuas de guerrilleros de la Era Edo y los gobernadores de la etapa Meiji. Le echaré un vistazo a la Wikipedia para estar seguro de cuando fue cada una; echadle durante los dos o tres últimos siglos. En la propia estación de Ueno quedamos con Kaori, la encantadora mujer de Hiroyuki. Se produce un embrollo lingüístico curioso: Hiroyuki japonés e inglés, pero no español. Kaori habla español y japonés, pero no inglés. Y yo hablo inglés y español pero no japonés. El resultado ha sido una tarde de conversación y traducción simultánea en varios idiomas.

Me entra hambre de saberlo, son casi las dos. Buscamos sitios y por suerte estaba todo lleno. Digo suerte porque los dos sitios a los que intentamos ir tenían muy buena pinta, pero no sabía cómo decir que tenía ganas de sushi. De bañarme en sushi. De taparme con una loncha de atún gigante. Ya sabéis lo que digo. Y llegamos aquí:

La primera foto es de la parte de abajo, las otras tres de la planta de arriba, más pequeña. El sushi se prepara pieza a pieza y te lo ponen en toda la cara, sin anestesia y con soja. El paraíso debe oler como este lugar, a pescado fresco y a cítricos. A sal y a cerveza. La gente charla en voz alta entre sí y yo mientras hago esfuerzos en no engullir como los pelicanos. Tampoco haré esfuerzos en recordar donde estaba este lugar, pero es en los alrededores de la estación de Ueno. Lo mejor es que (aunque suene a tópico) si vais, os dejéis llevar. Sin más. Evitad las zonas muy masificadas o correis el riesgo de que os den por todos lados. El precio ha sido unos 15 euros por persona, lo normal según la zona y el tipo de restaurante según Hiroyuki y Kaori.

Continuamos de paseo por los distritos comerciales de Ginza, Omotesando y Shibuya. En los dos primeros barrios nada que no podáis ver en otras grandes capitales, desfiles intermianbles y un mar de bolsas con logos enormes. Paramos para ver por fuera un teatro kabuki, teatro clásico japonés donde en algunos aún los hombres hacen el papel de las mujeres; travestis desde épocas imperiales. Eso es clase. Hay desfile:

En el tercer barrio una masacre. De gente, digo. Mas bolsas de todas las marcas posibles sumadas a un mar de cámaras que intentan capturar el momento exacto del cruce.  Curiosamente no he hecho ninguna foto pero si vídeos, que intentaré colgar aquí cuando los suba a YouTube aunque allí ya hay bastantes vídeos y el mío sólo aporta mi presencia.   

(No, no tengo canal ni pienso tenerlo, pero es que WordPress no me dejas subir vídeos al blog directamente o bien no sé hacerlo. Se aceptan ayuditas.)
Empiezan a doler los pies, a Kaori le ha dado tiempo a ir y a volver al gimnasio y vuelvo a tener hambre aunque solo sean las seis. Os sonará a broma pero el reloj me cuenta cerca de 20.000 pasos, cerca de 10 kms. Me lo creo, porque tengo cebaduras hasta en las uñas. Pero soy feliz porque me llevan a una de esas joyas ocultas y reservadas a «guiris con nuevos amigos japoneses». Solo daré una pista: es una calle peatonal cerca de la estación de Nipori. 

Digo pista porque en realidad es que no se como se llama calle. Ni siquiera sé si las calles tienen nombre aquí. Vuelvo a ser el único extranjero en el lugar pero a nadie le importa lo más mínimo. Del techo cuelgan botellas de «whisky» japonés con dispensador, al fondo en frío las de sake. Alguien se enciende un cigarro en la mesa de detrás y me sorprende mucho, aquí se puede. Con lo civilizados que son que tienen hasta señales de no fumar en ciertas zonas al aire libre. Hay ambientazo, eso sí. 

Aquí quizás se me haya escapado un poco el presupuesto pero lo siento, trabajo mucho durante todo el año para no tener remordimientos con la cartera. Me he ganado el caldo de pollo picante, las semillas de ginseng, ese yakitori con salsa. Yakitori son los pinchitos, de hígado, corazón, esófago y muslo de pollo. Aquí me hago el moderno, lo admito, pero nunca he soportado la textura del higado ni lo haré jamás. Las otras dos son pasables, gomosas pero pasables. La del muslo es conocida. 

Pies cansados, estómago contento, corazón feliz y algo de sake en el buche. Creo que no puedo pedirle más a mi primer día en la capital de Japón, solo dar gracias por poderlo disfrutar y que me siga pareciendo como parte de una película pero cuyo guión se escribe sobre la marcha. Me dejó cosas en el tintero, pero están bien ahí.

Buenas noches viajeros 🙂

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