De Katmandú a Tokio

Del caos infernal al orden paradisíaco

La «Odisea» de Homero fue un paseo por el parque comparado con estos tres días que he pasado, desde que salí de Nepal hasta ahora mismo, que estoy recién duchado y limpito en pleno barrio de Ueno, en Tokio. Os debía esta entrada, porque tiene telita la cosa:

Nepal

Quién me conoce sabe que las despedidas se me dan fatal, así que con la media lagrimita fuera me despedí de Rishi y Rabina para dirigirme al «aeropuerto» de Katmandú. A la llegada con la emoción y el cansancio del viaje no me di cuenta, pero entrecomillo aeropuerto porque yo lo llamaría más bien «almacén de gente desde donde salen aviones». Nada más llegar a la terminal tienes dos puertas según la compañía aérea, algo que tienes que intuir porque no lo pone en ningun lado. Primera cola para esperar a entrar porque te tienen que mirar el pasaporte. 

De ahí pasas a los mostradores de facturación con el acojone de si mi maleta llegará a Tokio aunque yo haga escala larga en Kuala Lumpur. Ya con los billetes en la mano toca pasar el control de aduanas, segunda cola. Otra fila interminable ante mostradores vacíos que van dejando pasar a la gente con cuentagotas. Menos mal que iba con tiempo, y al fin llega mi turno, pasaporte, sellito y a tomar por culo. No es tan difícil. 

Animado por la «rapidez» del proceso entro en la zona internacional; tercera cola. Para los registros. Una para mujeres y otra para hombres. Esta sí es rapidita, por suerte. Y por fin, llego a las terminales. 

La terminal son cinco puertas y una sola pantalla de información en el centro de ellas, que a lo mejor te dicen donde va tu vuelo, o a lo mejor no. Mi vuelo salía a las 14.45 así que a las 14.15 debería estar cerrando puertas; en Nepal no. Harto de esperar, empiezo a preguntar. Nadie sabe nada del vuelo a Kuala Lumpur de la pantalla. Sudores fríos. Pánico. Mamá ven a buscarme. Pero aparece un guardia y dice en voz alta asi en tono despreocupado, como si no pasase nada y con todos sus cojonazos «¿Kuala Lumpur?»

Yo me cago en tus ancestros. 

El vuelo aunque estaba en pantalla no decía nada de si estaba embarcando o no, si había retrasos o algo; nada. Corriendo a la puerta de embarque, que por suerte estaba cerca porque no son grandes, y ahí estaba. Eso sí, antes última cola para acceder al avión.

Mirad, un iBudista. No se, me llamó la atención. 

El vuelo…que os voy a contar; caos absoluto. Salimos con hora larga de retraso y para colmo me toca un grupo de primerizos nepalíes revoltosos como hurones corriendo de ventana a ventana a ver el avión despegar, algo que está totalmente prohibido y que tenía a las azafatas negras. Luego sacaron un cargamento de comida, como fideos chinos de esos de paquete pero crudos. El único momento que los vi quietos y el avión se convirtió en un remanso de paz fue cuando hubo turbulencias, qué irónico. Todos apretados contra el sillón, rezando a todos los dioses del panteón hindú, a Dios, a Buda, a Alá y a Superman. En el aterrizaje más de lo mismo aunque ahí ya, harto de codazos en el cráneo, le cedo mi asiento a uno de ellos donde acaban cuatro sentados. Durante el aterrizaje. 

Kuala Lumpur

Del caos más absoluto al orden más impoluto. Qué pasillos, que ventanales, que aire tan limpio y que idílico todo. No tuve que regatear el precio de un llavero ni había gallinas sueltas. Justo ese era el contraste que yo buscaba: objetivo cumplido.

La aduana de KL es una maravilla: llegas, ven que tienes pasaporte europeo, sello y fuera. Cómo para trabajar te pedirían un visado distinto y la ciudad es tan cara saben que no te quedarás, así que les importa un soberano carajo. ¿Problema? Cómo el vuelo iba con retraso los transportes estaban cerrando; por suerte el tren del aeropuerto a KL Sentral no. Llego rápido, llueve un poco, y la humedad malaya cae sobre mi como una losa, ya casi ni la recordaba. El monorrail hasta las cercanías del piso está cerrado, así que cojo un taxi que me costó unos 20 MYR (unos 4 euros) y entonces si, llego al Piso. Con mayúscula. 

Planta 19, cero ruidos, aire acondicionado fresquito, y ni siquiera sé si hay alguien más porque las llaves las tenía en un buzón en la planta baja. Caigo rendido. 

Al día siguiente me da para un corto paseo por los alrededores, empezando por la terraza.

Y esto a pie de calle:

Con muy poquito tiempo vuelvo para el aeropuerto sin pasar siquiera por mostradores porque ya tenía el billete para volar, en cualquier vuelo enlazado te tienen que dar ambos destinos. Eso sí, desventajas de los mega aeropuertos: que la puerta de embarque está a tomar por culo. Pero finalmente llego, muerto de calor y asfixiado por la humedad, aunque en el aeropuerto sea menos, y embarco. El vuelo, a pesar de la berrea de unos cuantos críos (tema que me gustaría debatir pronto) se pasa ligero aunque fuesen casi 7 horas. 

Japón

Son cerca de las 11 de la noche y aterrizamos en Haneda. Las vistas desde arriba prometen.

Después de ver horizontes de montañas, o bien horizontes de contaminación, ver horizontes llenos de luces tiene su cosita. Perdonad lo borroso, pero qué remedio con tanto tembleque. 

En Japón todo va como la seda, bien señalizado y fácil de comprender. Colas rápidas y asépticas, pero hay algo que olvido: los adaptadores japoneses. Habiendo quedado en llamar a Hiroyuki, amigo de mi casero, nada más aterrizar no pude hacerlo por falta de batería, y pensé que en la casa habría. Error. Pero aún no lo sabía; tras coger el monorrail y cambiar de tren en Hamamamtsucho donde se sube el ciento y la madre, Yoshio me espera en la salida norte de la estación. Hace frío. 

Pero Yoshio, mi homeowner aunque es un encanto no tiene adaptadores. Mañana veré, me dije. Me cuesta la misma vida dormir, hasta que al final caigo. 

Obviamente estoy actualizando el blog así que de un modo u otro pude cargar el teléfono. Pero eso lo vamos a dejar para la próxima entrada, la primera de Japón. Que esta creo yo que ya va bien. 

¡Un abrazo viajeros! 

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