Thamel y Durbar Square

Las cicatrices del gran terremoto

Dormir bien no solo es necesario sino terapéutico. Cai rendido cerca de diez horas de un tirón, así en plan momificación. De hecho al levantarme he mirado hasta la fecha, pero la he mirado contento y descansado, hasta (no os lo perdáis) he meditado un poco, leído y desayunado, ignoto en mi esas cosas desde hace mucho. 

Hoy tocaba visitar el barrio turístico por excelencia, el distrito «f*llaguiris» malamente dicho y donde los hippies se asentaron en los sesenta pero que de hippie ya sólo queda el gusto por la roña gratuita: Thamel. La mayoría de sus tiendas están orientadas al trekking y me la juego a que, como las de surf, muchas de sus ventas tienen su origen en el postureo que rodea a ambos deportes. 

Thamel es un conjunto de calles, callejas, callejones y plazas en pleno centro de Katmandu. El tráfico como en el resto de la ciudad es absolutamente infernal, y una gran metáfora de la vida: si no estás atento a todo lo que te rodea, se te llevarán por delante. Literal, vaya. He recorrido callejones donde apenas cabe un coche sorteando motos, bicis y…coches, claro. 

El estado general de las calles es terrible, solo unas pocas están pavimentadas y de aquella manera. Y aún así, están llenas de vida. La gente va de aquí para allá en su trajín diario, en sus ocupaciones, cargando mercancías sobre la cabeza, o arreglando esos cables que cuelgan y no se sabe a dónde van o de dónde vienen, abriendo zanjas o apuntalando edificios… Ni si quiera te ven. Es decir, te miran pero no te ven. No reparan en nadie más que aquellos que se cruzan por la carretera y es para esquivarlos. 

Cómo decia, recorro el barrio turístico camino de Durbar Square. Durbar significa «palacio» porque es donde ha residido la realeza nepalí hasta el golpe de estado y guerra civil que convirtió el país en una república hace apenas 9 años, en 2008. Son, además, un conjunto de edificios religiosos de diferentes dioses y hasta de religiones, no solo hinduistas sino también budistas. 

Esa es más o menos la entrada, que a los turistas nos cobran a 1000 rupias (unos 8 euros) y que da acceso a toda la zona, si bien lo que realmente te cobran es la entrada a la plaza principal. Y lo puedo entender perfectamente, cuando la zona fue de las más afectadas por el terremoto de 2015 y que ha derribado 1/3 de los antiguos edificios. imaginad algo asi en Sevilla, con un tercio de la catedral en pura ruina. 

Volviendo a la plaza, en realidad puedes acceder «colándote» por la parte trasera pero viendo que la zona si se está restaurando de verdad, elegí pagar esos 8 euros que para nosotros no es mucho pero ayudará a levantar y restaurar otro de sus edificios. 

Y llegue al punto, digamos, que mas interesante me ha parecido de toda la zona: el Kumari Ghar o «la casa de la chica virgen». En Nepal existe una tradición que dice que hay que la diosa Taleju se reencarna en una niña de la comunidad nepalesa de los Tewari, una de las 50 etnias del país. La niña vivirá recluida hasta su primera menstruación, «hueco» por el cual la diosa saldrá a buscar su próxima encarnación. La Kumari es, pues, una diosa viviente. No es una representación, ni una representante: para los nepalíes es una diosa viva.

La actual Kumari fue elegida el 28 de septiembre de 2017 y si, salió a asomarse a las ventanas negras de arriba. Cómo está prohibido hacerle fotos bajo pena de arresto, en este enlace tenéis alguna y mejores explicaciones que la mia. 

La niña la verdad es que era muy pequeña, apenas tres años, y la sacaron por la ventana a lo Michael Jackson, dos segundos, pero por una vez tuve la suerte de estar donde debía y cuando debía. 

Dejando a la Kumari atrás, me doy otra vuelta por Thamel pero más a mi rollo, más tirando de callejón. La sucesión de calles y placitas de manera aparentemente caótica es digna del mejor de los laberintos: los callejones no son más que «medias calles», túneles enanos por donde pasas agachado. No conozco el motivo:

Cómo podéis ver, es que no son ni callejones ocultos, es que te tienes que agachar para pasar por ellos y salir dios sabe dónde. Probablemente a otra plaza y de ahí a alguna calle secundaria. Si Bin Laden se hubiera escondido por aquí hoy día seguiría vivo. 

Y así, con 8 kms caminados, los pies blanditos y el estómago lleno de más momos (de búfalo esta vez) vuelvo a casa a descansar y más tarde a  cenar con Rabina y su adorable familia una cena tradicional nepalí: dhal bat, es decir, lentejas con arroz, pollo al curry y patatas con coliflor. Gloria 🙂

Mañana toca Patán, la ciudad sagrada del sur de Kathmandu. 

¿Y tú, alguna vez te has perdido así en algún viaje?

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