De camino a Katmandú

Retrasos, up-grades y monetes

Me levanté a las 7.15. 

(Mentira, eran ya cerca de las 8.)

Cogí el AVE en Sevilla de las 9.45, y a las 12.30 largas ya estaba en Puerta de Atocha. Primer follón: hay un fallo técnico enorme en las vías o no sé qué mierdas y hay retraso en los trenes que van hacia la T4. Capaz soy de haber adelantado un AVE (esto ya sirve como clase de ortografía, conste) y de perderlo porque las Cercanías de Madrid se han vuelto locas. No pasa nada, acaba apareciendo el tren a tiempo. 

Ya en el Aeropuerto el proceso clásico: envolver la maleta en plástico tan apretada que te recuerda a los bocadillos que te ponía tu madre para irte de excursión a los pinares de Huelva y no se te llenase de tierra; facturación rápida y a esperar. 

El vuelo de ida, glorioso. Rápido y aséptico, aunque acojonado porque el cargador USB del asiento no encaja  con mi teléfono, tragedia. Pero ahí que llega ese magnífico azafato para contarme algo mejor que la receta de la Coca-Cola: que debajo de todos los asientos, incluso de otras compañías, siempre hay enchufes de los «normales». De los europeos, vaya. Tomad nota!

Descubro que Catar y Arabia Saudí están peleadas por no sé qué mierdas, asi han desviado la ruta por Turquia y el Golfo Pérsico. Atentos:

Al principio pensaba que eran barcos. Luego pensé que eran barcos ardiendo así, al azar. Y finalmente caí: son plataformas petrolíferas soltando gas. Y hay cientos de ellas repartidas por toda la zona. Al poco tocamos tierra. 

Llego a Doha, a esperar tres horitas, nada del otro mundo. Encuentro y mi puerta y me siento a leer. Y ojo, que aquí viene el puntazo del día: ¡Me habían hecho un upgrade Business Class! ¡Y gratis!

Si, qué queréis, para una vez que me toca algo pensaba aprovecharlo: tenía todo el champagne que quisiera gratis. Tres copitas he dejado caer por esta garganta. Y tumbado, como un rey. No era First Class como tal porque ese avión no tenía pero yo creo que ya me puedo morir a gusto habiendo probado las mieles de la cornucopia que ofrecen estas compañías.

Durante todo este tiempo había estado medio-charlando con mi compi de fila, Justine, una polaca que iba por sexta vez a Nepal. Los dos descojonados cada vez que nos traían un regalo nuevo, porque a ella también le habían hecho el upgrade by the face. Una ventaja más de viajar solo es que eres más propenso a recibir upgrades; no es lo mismo reacomodar a una persona que a una familia de cuatro miembros.

Se va acabando lo bueno y por fin, tras 20 horas desde que salí de Sevilla, piso Nepal. Por un momento tengo un dejavu balinés, que intuyo que se va a repetir a menudo en éste país. De momento llegó a casa, a casa de Rabina y Reshi, encantadores ambos hasta la extenuación. La casa está impecable, el baño limpio, la habitación enorme, el salón un regalazo con dos terrazas. Me instalo rápido y salgo a explorar un poco los alrededores: Thamel, el barrio turístico y en el que por suerte no vivo. 

Katmandú huele a fuego, a polvo y a humo. Huele a moto vieja y a cilantro seco. A incienso de las ofrendas, ese olor dulzón tan característico que deja en las calles y se mezcla con los demás con cierta untuosidad.

Unas calles abarrotadas en todo momento, donde por primera vez he sentido cierto miedo a cruzar porque la posibilidad de que te atropellen es muy alta, porque conducen al revés y sin normas de trafico sino sugerencias. Se oyen perros ladrando en los pocos jardines privados y cuervos graznando sobre los postes de la luz cercanos. 

Y como estoy tan tan molido, saco algo de dinero y de camino me encuentro un bar de «momos». Si tuviera dinero, abriría un bar en Sevilla solo de momos de sabores de toda la vida: momo de bacalao, de espinacas y garbanzos, de solomillo de cerdo al whisky… ¿Que qué es un momo? 

Son trocitos de cielo al vapor y relleno de lo que quieras. 

Y aquí murió mi caballo. Casi 30 horas sin dormir y con este trote encima está muy, pero que muy bien. 

Buenas noches, viajeros 🙂

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