Descubriendo Java

Surabaya, Mojokerto y la aldea de Trowulan

Cuatro días con sus tres noches son las que hemos pasado recorriendo parte de Java Oriental, apenas a cincuenta minutos de vuelo pero con una hora de retraso, como cuando vamos a Portugal. El caso es que Mark esta escribiendo un libro acerca del Imperio Majapahit, que existió durante los siglos XII al XV y cuya caída supuso el inicio de la cultura balinesa tal y como se conoce hoy dia. Así que un par de reservas hoteleras, unos vuelos baratos con LionAir (la versión asiática de RyanAir) y allí que nos plantamos.

La visita empieza y acaba en Surabaya, segunda ciudad más grande de toda Java con una población de 3.5 millones de habitantes, la misma que el área metropolitana de Barcelona, por ejemplo. Sin parar aún en ella nos dirigimos al hotel en Trowulan, una pequeña «pedania» (si es que eso existe aquí) de Mojokerto, que a su vez es un pueblo pequeño a las afueras de Surabaya. El hotel no era nada fuera de lo común pero Mark convenció al director para que nos llevase a dar una vuelta por la pequeña ciudad. Como la conexión no me permite subir vídeos, os dejo algunas fotos de lo que comimos:

Por lo que entendí era sopa de cola de buey, con su arroz y sus cosas, que recordaba al codillo. Lo que mas me gustó sin duda fue que sigan usando platos de Duralex.

A la mañana siguiente dejamos el hotel para dirigirnos a nuestra primera parada: el mayor Museo de títeres y marionetas de toda Indonesia. Si, títeres. Si, fue tan aburrido como parece, mas que nada porque TODO estaba escrito en indonesio y yo en bahasa solo se pedir para comer y decir «Estoy borracho», pero nada más. Y yo creo que aún estando en castellano…en fin. No era un planazo, no todo es jauja.

Y aquí los pequeños pioneros hacen como que escuchan a su profesor. A más de uno pille echándome alguna foto indiscreta y otros que fueron mucho menos discretos. Curiosidad infantil, bendito tesoro.

Tras esta divertida (ejem) e interesante parada (ejem ejem) con más calor que comiéndote unas gambas al ajillo en un trastero nos dirigimos a las ruinas de Trowulan. Obviamente solo quedan trozos en pie, pero dan la imagen de haber sido un gran imperio equiparable a algunos de los que conocemos en Europa.

Primero, el Museo. Aquí si estaba todo traducido y podía hacer como que leía, al menos la primera hora. Así por encima y resumiendo, el imperio Majapahit dominó toda la zona oriental de la isla y fue el que básicamente introdujo el hinduísmo y el budismo en Bali, siendo curiosamente Java actualmente musulmana y su vecina no.

Problema: que también era el Día Nacional de «algo» para los abuelos del IMSERSO javanés (si eso existe) y tenían mucha, pero que muchísima menos vergüenza que los críos del museo de títeres. Grande el momento en el que Mark huye cual rata de alcantarilla (con amor) y me deja colgando del brazo a una señora que quería hacerse una foto conmigo. ¡Guapo! me dice. Algo es algo.

Y las ruinas en si, muy llamativas e impresionantes. Por algún motivo me recuerdan a Itálica, aunque evidentemente no tienen nada que ver. En Indonesia como podéis ver el tema de las reconstrucciones arqueológicas no tiene nada que ver con Europa.

Tanta ruina da hambre así que tras terminar la visita y refrescarnos con un zumo de caña de azúcar pero tal cual, caña exprimida frente a mis ojos. nos recompensamos con unos buenos satay de pollo y otra sopa, por si no hacía bastante calor.  Después de ésta creo que jamás volví a sentir calor.

No, no sintáis pánico: podéis encontraros restaurantes o warungs como éste por toda Indonesia y no hay problema alguno. Total, el fuego purifica. Peores cosas hemos visto en las casetas de feria y velás de pueblo, ¿no?

Vuelta al hotel y a dormirla que el calor da mucho sueño. Terminamos así la visita en Trowulan y al dia siguiente volvemos a Surabaya, donde nos reciben más o menos así. El cambio era pequeño.

Hago un pequeño pero importante inciso para explicar mi primera experiencia con uno de esos váteres mágicos que yo pensaba que sólo existían en Japón pero que va, que los hay en más sitios. Por definición me fijo mucho en los baños de los hoteles porque me gusta que sean amplios, confortables y limpios; después de todo de las tres cosas más importantes que vas a hacer en un hotel (dormir, ducharte y cagar sacar la leña al patio) dos las vas a hacer aquí dentro.

Así pues, me encuentro un baño con una ducha gigante de éstas tipo lluvia pero tropical, de gota gorda y densa, y el váter típico que había visto por toda Asia con el grifito al lado para lavarte los pies después de haberte quitado las sandalias para entrar en casi cualquier sitio, que con el tiempo crea costra y si te descuidas hasta suela. El caso es que estando yo en plena conversación con el Señor Roca después de tanta sopa y tanto satay descubro que existe un segundo botón junto al lado del grifo de los pies. Dudo en darle pero como soy muy de pulsar botones acabo apretándolo. Al principio no ocurre nada, ni un ruidito siquiera, entonces bajas la guardia y de pronto…¡ZAS! Chorrazo directo al cerete. Mientras estaba entretenido pensando en para qué serviría ese botón se estaba desplegando bajo mis nalgas sibilinamente una especie de «tubo» que yo creo que mide a qué altura está el ojo de las mil arrugas (porque igual cambia según la persona, no sé) y entonces te dispara el caño de agua casi a traición. Al principio se nota algo raro y luego hasta te sientes culpable, no lo niego, pero según le coges el truco y aprendes que puedes regular la intensidad del chorro pues ya se hace imprescindible y haces hasta más visitas de la cuenta con tal de ganar práctica.

Para concluir, os diré que si os encontráis con una joya como ésta no lo dudéis, probadlo cuanto antes porque es un 10/10.

Y ahora lo más importante para mí, por si no os habéis aburrido con el tostón antes: mi conclusión es que cada vez me resulta más difícil viajar acompañado si no tengo algo de «control» sobre el viaje. Entiéndase, me lo he pasado genial y más con Mark, Java es radicalmente distinta a Bali desde la arquitectura hasta su vida cotidiana marcada principalmente por la religión; la comida es muy parecida pero sin cerdo, obviamente, pero me he dado cuenta que ir de acompañante cuando no puedo defenderme en el entorno, no saber qué estoy comiendo (aunque esté rico) y no entender nada de lo que se dice y ocurre a mi alrededor me hace sentir demasiado indefenso y dependiente de los demás. La sensación me supo agridulce, porque me gustó por un lado, pero me vi muy vulnerable por otro. Aunque de haber estado sólo sé que me hubiera sacado las castañas del fuego, como siempre.

Ojo, que yo dije que iba sin preguntar quienes íbamos (Mark, su actual novia Dewi y yo) y no me imaginaba que iban a hablar todo el rato su idioma en lugar de inglés con lo cual no me he enterado de la misa la mitad; la culpa en parte es mía, podría haber dicho que no sin más problema y quizás por eso me haya aburrido un pelín a ratos, pero nada más allá. Era parte del «trato y creo que lo aproveché a mi manera.

Una foto random del Dr. Kaca, por cierto.

Aún así y sacando más cosas buenas, ha sido curioso porque ha sido donde más «solo» y «único» he podido sentirme, la mirada de curiosidad de aquellos críos viendo de cerca a su primer bulé en persona y el más aguililla de la clase preguntándome cosas en inglés, para salir corriendo museo a través del subidón que llevaba y contárselo a sus coleguillas. Y luego la de los abueletes, que con la misma curiosidad pero con el doble de picardía también tienen tela. Encantadores todos.

Lo que tengo claro es que a esa zona en concreto de Indonesia solo se va si tienes un interés especial en las ruinas. Si no, no perdáis tiempo ni dinero porque seguro que hay zonas mejores en Java donde ir y probablemente más adaptadas al turismo en general. Aún así, no me arrepiento y creo que de una forma u otra ha sido algo único y que sin duda nunca antes había vivido.

Y con esto os voy dejando, que igual cae una cervecita, para redondear.  Por cierto, al llegar al aeropuerto he probado el plato más horrible que jamás he tenido frente a mi, el pidan chino. Lo llaman también «huevo centenario» porque es un huevo macerado durante meses en cal. Tiene la textura de las setas shitake pero más gelatinosas, un sabor muy salado e intenso que sin ser repulsivo no es algo que quisieras desayunar, te lo aseguro. Putoasco, resumiendo. Y eso que yo soy de comerme todo lo que pillo…

¡Hasta luegui!

Deja un comentario

¡Escríbeme, no muerdo!

We're not around right now. But you can send us an email and we'll get back to you, asap.

Not readable? Change text. captcha txt