Descubriendo Kowloon y Lantau

Hay mucho Hong Kong fuera de Hong Kong.

En Hong Kong amanece pronto pero yo, que soy un ansias a veces, me levanto a las 3.30 cuando mi cuerpo ha recargado por completo sus baterías, sin alarma ni nada. Me dispongo a hacer uso de mi «ducháter», que es literalmente meter en la ducha un váter. Son muy comunes en toda Asia y sobre todo en esa Asia donde viven tantas personas juntas que si te tropiezas nunca caes al suelo. El ducháter es más o menos así:

¿Qué tiene de bueno? Que puedes cagar, ducharte y cepillarte los dientes al mismo tiempo. Eficiencia pura, vamos.

Me zambullo sin anestesia ni nada apenas a las siete de la mañana en el MTR, el sistema de transporte más eficaz del mundo. Siempre a su hora y perfectamente organizado, el metro de Hong Kong se caracteriza por estar diseñado tanto para los residentes, como los subnormales profundos como yo y/o para los que no sabemos chino, así que es tan fácil usarlo como una cuchara: taca, y a comer. Vuelvo a ser el único occidental de todo el vagón:

¿Mi destino? El buda gigante del monasterio Po Lin, en Lantau, a una media hora del centro de Kowloon. Por si tenéis pensado venir, el coste del billete es de unos $17 por trayecto, al cambio apenas dos euros. (1 euro = 8 HKD). Se hace un cambio de línea y poco más, pero sencillo al extremo.

Una vez alcanzado Lantau dejo el MTR y me dispongo a coger el teleférico para subir al monasterio: ERROR. Todos los tickets reservados para subir, así que me cojo un bus, el 23, para hacer el mismo recorrido tardando casi una hora pero diez veces más barato, otros 17 HKD o así. El dinero se lleva exacto porque los conductores no tocan el dinero, si sobra algo se lo quedan. Lantau es completamente verde, un parque natural inmenso que alberga al quinto mayor Buda del mundo. Las vistas durante la subida son impresionantes solo que debido a la lluvia las fotos desde el bus han sido nefastas. Y al llegar arriba, te encuentras con ésto:

Un autentico espectáculo. El Buda mide mas de 30 metros y le preceden unos de 200 escalones largos que obviamente acabas subiendo aunque terminas asfixiado perdido. La subida al Buda es gratuita, por cierto. Hay una taquilla para entrar al Museo bajo el propio Buda, pero por lo que he leído es poco más que algunas fotos de su construcción e historia que se puede encontrar fácilmente en Internet.

A los pies del Buda se encuentra el Monasterio de Po Lin, el de los Diez Mil Budas. Pagoda tras pagoda, encuentro auténticas joyas.

Y otra vista del gran Buda desde la pagoda anterior.

Vuelta atrás, esta vez decido echarle un ojo al teleférico porque tal y como me habían recomendado la bajada suele ser sin esperas ni colas, pagando 130 dólares (15 euros aprox) He tenido incluso la suerte de ir completamente solo en la cabina que, ojito, iba contra el viento y ni se movía aunque hacia un ruido que puede aflojar más de un cinturón y dejar un derrape en la ropa interior.

Eso sí, hubo momentos que parecía que estuviese subiendo al mismísimo cielo paseando entre las nubes. Un acierto subir en bus y bajar en teleférico, la verdad. Os lo recomiendo por la comodidad y porque te ahorras unas esperas tremendas.

De vuelta en Kowloon, tengo la genial idea de ir a un restaurante tradicional chino a comerme unos fideos con cosas como pollo desmenuzado, setas shitake, estómago de ternera, cilantro y otros asuntos que no he reconocido pero que estaban buenísimos:

Para elegir plato si no sabes chino te lo ponen fácil: una carta con dibujos grandes que vas señalando según quieres. Al llegar al picante os juro que parecía el dibujo de una, dos o tres bombonas de butano. He escogido la B, por si las moscas. Efectivamente picaba más que un cangrejo en un cubo de lata, me pitaban hasta los oídos pero no podría decir que no me avisaron…

De nuevo compartiendo mesa, de mis vecinos he aprendido cosas como:

-Se puede sorber la sopa tranquilamente de forma discreta aunque sea sonora

-Se puede eructar del mismo modo, aunque no vale hacer el aspersor.

-Si pillas un trocito de algo que no puedes masticar se deja junto al cuenco tal cual, sin tapar o envolver con una servilleta ni nada como haríamos en Occidente.

-En realidad no lo puedes tapar con servilletas sencillamente porque no hay. Ayer tampoco había en la mesa.

-No hace falta comerse todo el cuenco, casi nadie lo hace. De todas formas si te lo terminas todo con ese nivel de picante (medio, según la carta) puedes acabar cagando hierro fundido y forjar una espada después.

Y con esto me he vuelto a echarme una siesta, y poco más. Luego me daré otra vueltecita por Kowloon y pronto a casa, que mañana a las 5 tengo que salir para el aeropuerto y continuar mi viaje en su segunda etapa: Bali.

¡Hasta mañana!

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