Hong Kong

O cómo me volví loco por una ciudad

Antes de empezar esta nueva «temporada» de viajes quisiera felicitar a mi compadre Jesús Pozuelo, con el que hoy tengo el gusto de volver a celebrar su cumpleaños aunque sea a más de 10.000 kms de distancia. Felicidades 🙂

Y ahora si, tras más de 23 horas de viaje, sumando más de 35 horas despierto y «sin parar» acabo de sentarme en la cama de esta minúscula habitación de 12 metros cuadrados para explicaros porqué esta ciudad es una auténtica maravilla para que quienes como yo disfrutan sumergiéndose en una cultura tan radicalmente distinta como es la china.

Lo primero que he hecho nada más llegar ha sido echarme a las calles de Kowloon, que es como se llama el barrio donde estoy. Aunque está en Hong Kong digamos que es la parte «continental», pegada a China. Hong Kong esta enfrente, en otra isla.

De lo primero que me he dado cuenta es de lo equivocado que estaba respecto a los idiomas: NADIE, salvando los organismos oficiales o transportes habla inglés a pesar de haber sido colonia inglesa durante más de un siglo. Todos los carteles de comida, compras o precios están en chino, así que me las tengo que apañar para intuir qué estoy comiendo, pero si se come, es que no es veneno. Han caído un par de pinchitos, de los de pollo y marisco.

Lo que he hecho básicamente es pasearme por los alrededores de Temple St. que es donde se encuentra el mayor mercado nocturno de la ciudad, que al cambio es como un Charco de la Pava a lo bestia, con comida y con unos carteles rarísimos.  La cantidad de gente que transita mercados y otros espacios al aire libre como los parques es acojonante, y tan normal. Nadie choca, se queja o recrimina al otro, me ha parecido ver. El concepto de «espacio vital» obviamente aquí es una leyenda urbana, ya que el espacio es muy reducido.

Tampoco se me ha hecho esto ver la cantidad de caminos, escaleras, puertas semiescondidas, sótanos y demás «back office» sin salir de este barrio. Tengo la sensación de que aunque tengan una vida muy pública y de cara a la calle, también hay mucho ambientillo entre bambalinas.

Lo que más me ha impresionado es que yo era el único extranjero, no he visto a nadie que no pareciese asiático a mi alrededor. Por primera vez viajando he sentido que estaba totalmente solo, aunque estuviese rodeado por todas partes de otras personas. No he sacado fotos del mercado porque te riñen (aunque qué más me da, si no me iba a enterar de un carajo) pero si de los alrededores. Atentos al rollazo que da:

Las semejanzas con los otros mercados nocturnos que ya conocía son notables, pero no en un entorno que no es que parezca que podría ser de Blade Runner; es que lo es. Eso sí, nadie te mira hagas lo que hagas, comiendo, bebiendo o sentado en las mesas jugando a las damas chinas, nadie mira a nadie más alla de lo debido. El paseo ha sido mas que nada de reconocimiento del entorno, y ha salido muy bien parado.

Tampoco me ha dado para mucho más, el cansancio me puede ahora mismo aunque haya «dormido» en el avión y lo entrecomillo porque en los aviones no se duerme; se espera con los ojos cerrados. Eso si, me he parado a probar unos auténticos noodles chinos, que sabían a gloria y no por hambre precisamente, compartiendo mesa además con un matrimonio chino. Juraria que la mayor parte del turismo que reciben aquí es del propio país y no exterior.

Mañana pretendo visitar el gran Buda de Tian Tan, en la isla de Lantau, y si me da tiempo subir al Victoria’s Peak en la isla de Hong Kong, para ver toda la ciudad desde arriba. Tampoco puedo hacer mucho más, ya que al día siguiente a las 7.50 estare ya despegando rumbo a Bali y eso implica un buen madrugón.

Descansen, que falta nos hace. A mi por lo menos.

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