Descubriendo Amed

La costa noroeste de Bali

Tras el intento de la semana pasada ayer por fin pudimos llegar a la costa noreste, en concreto Amed, una pequeña villa pesquera (y poco turística) mas allá del Monte Agung (qué épico suena).

El camino de ida se me hizo interminable, las cosas como son. No es que estuviera muy cansado, es que no sabía exactamente donde estaba Amed. Es el pueblo natal de Mudiani aparte de ser una zona poco abarrotada por el turismo en temporada baja así que los precios estaban para comérselos, luego os cuento. Eso si, el camino de traca. Y venga cuesta, y venga curva, y venga moto kamikaze y gallina al viento. Ahí dice que son dos horas pero eso es mentira, os lo digo yo.

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Derechos como balas fuimos al Sama-Sama (exacto, que significa «de nada», que listos sois), un pequeño resort junto a la playa con unas vistas impresionantes, habitaciones buenas y como os decía, baratas: ocho euros por persona y noche, habitación doble con dos camas queen size (¡que se note el gremio!), baño, aire acondicionado…

El día lo pasamos tranquilamente para variar. Primero haciendo snorkel por un arrecife a diez metros de la orilla, que sabiendo que yo soy de esas personas que toca algo raro con el pie y es capaz de correr por encima del agua ya es un logro. Y es una maravilla. Nadar entre peces de todos los colores, formas y tamaños, viendo como se esconden entre los corales y algas, con total libertad, como te rodean, te siguen y luego te huyen… Dos horas ahí jugando con los peces. El resto del tiempo, paseo playero.

Ah, vistas decía antes. Pues eso.

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El monte Agung desde la playa:

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…y desde una colina cercana donde empezó a reunirse gente para ver el atardecer. No me extraña:

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Pero aun había una sorpresa mas… Mientras cenábamos (satay, para variar) vi a lo lejos una luz roja en el mar, como si estuviera ardiendo un barco a lo lejos. Es raro porque por esa zona o pasan mercantes gigantescos o pequeñas barquitas de pescadores… Mirad lo que era:

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Una luna inmensa y gigantesca amaneciendo (¿se dice así?) sobre el mar, en completa oscuridad ya que la aldea apenas contamina su entorno en ese sentido. Se nos invitaba así a irnos a dormir, pues al día siguiente a las cuatro de la mañana teníamos que estar en planta para adentrarnos mar adentro a buscarnos el almuerzo.

Las cuatro de la mañana deberían estar prohibidas para despertarte, las cosas como son. O te pillan por ahí de pingoneo o durmiendo, pero para levantarse…¡que mala educación!

No hacia frío en absoluto y ahora si que estaba todo oscuro a excepción de la luna, que se acercaba a la montaña sagrada. Nioman, enjuto, recogido, negro como las ingles de un grillo nos esperaba a las cinco en su barquita, que son canoas sencillas con vela, estabilizadores laterales y motor. Bueno, no tan sencillas. Todos a bordo y camino del norte la sensación era indescriptible: rodeados por la oscuridad, el olor y la humedad del mar, el sonido de las olas, el motor…un momento fantástico para sencillamente pararse y sentir, y sobre todo admirar lo que nos rodeaba:

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Poco a poco el amanecer nos abrazaba en alta mar. Por el camino el agua estaba cargada de bichitos bioluminiscentes, que quiere decir que si los alteras, se iluminan. Y se veían como chispitas verdes en el agua, muy radiactivo todo.

Lo que se ve al fondo de las fotos es Lombok, la isla vecina y a la que tengo previsto ir.

La idea era pescar el almuerzo y mira, no nos fue mal:

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Cuatro mahi-mahi como cuatro soles. Esos peces con nombre de cocktail hawaiano los conocemos en el Mediterráneo como «dorados» porque…son dorados. Mientras Nioman iba sacando los peces como si los cogiera de la nevera, el paisaje iba dejándose querer.

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El segundo pico mas lejano es el Monte Batur, que en realidad era igual de alto que su gemelo pero ya os conté que un día saltó por los aires y se llevó toda la cima por delante. Supongo que por eso los balineses le rezan al Agung, para que no haga lo mismo.

Vuelta al Sama-Sama, aquí los hermosos ejemplares.

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Parecen feos, ¿eh? Pues estaban para comérselos… (Qué chistaco. Cómo soy. No paro).

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A la barbacoa con mantequilla de cebolla y sambal, un poco de verdura y sin espinas, algo vital porque soy de encontrármelas todas. Sabe parecido al atún pero mucho mas suave. Aquí aprendí que básicamente cualquier comida a la que le eches sambal y lima acaba estando buena.

Otras dos horas de vuelta nos esperaban pero esas me las he hecho dormido. Echadle la culpa al sambal.

Buenas noches a todos 🙂

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