Mi primer vuelo transoceánico

De camino a Indonesia

En el momento de escribir estas líneas me encuentro a unos diez mil metros de altura frente a las cosas de Trípoli, Libia. A treinta centímetros de mi hombro derecho, ya fuera del fuselaje de éste monstruo metálico hay unos 56º bajo cero mientras atravesamos el Mediterráneo a una velocidad de 880 km/h. Hace justo unos minutos si hubiese trazado una linea recta que uniese los polos y pasase por Roma, al superarla habría alcanzado el punto más lejano que he recorrido hacia Oriente. He roto otra de mis barreras: estar más lejos de casa que nunca.

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Tras un viaje en AVE suave como la seda en un vagón silencioso (aunque obviamente no seria España si alguien no se pasa alguna norma por el arco del triunfo) y un tránsito rápido y aséptico por la caótica Madrid, el embarque ha sido coser y cantar. Hasta he podido cargar el teléfono móvil en un enchufe oculto tras una columna de la terminal 4S y cambiar euros a rupia indonesia (IDR a partir de ahora) para pagar mañana el visado y el transfer desde el Aeropuerto de Bali hasta Ubud. No he perdido tiempo, vaya…

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A estas horas también he cenado un fantástico menú aéreo como el de la foto de abajo (que como el resto de la comida que podáis comer en un avión, así sean gambas blancas de Huelva o un poquito de adobo no os sabrá a nada) y llevo vista la mitad de «El señor de los anillos I». Si, este fantástico aparatito del asiento delantero tiene un catálogo de películas que ya lo quisiera NetFlix. Y juegos. Y música. Y hasta WiFi (de pago) o llamadas a tierra firme por cinco euros el minuto. Me encantaría saber para qué utilizaría alguien ese servicio, la verdad. Unos pagos que por cierto se hacen pasando la tarjeta de crédito por  el mismo mando, que tiene una ranura para ello. No quepo en el asiento del asombro que llevo, oiga.

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Los musulmanes acaban de volver de hacer la ultima oración. Las luces se están atenuando para adaptarse a la oscuridad que devora la poca luz que queda sobre el horizonte y parece que va siendo hora de echar una cabezada hasta que completemos los 3200 kms que quedan hasta Doha, donde apenas estaré tres horas para estirar las piernas un poco y comenzar la última etapa de este largo viaje hacia lo desconocido.

Buenas noches 🙂

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